Querétaro: tres destinos en uno

Llegué a Queretaro un viernes que ya sabía a fin de semana. Después del check in y de abandonar en la cama el poco equipaje que llevaba, me dispuse a reducir el uso de mi celular, apagar datos y cortar la corriente de pendientes que me esperaban al regreso. Más tarde, abordé un tranvía que me llevó a recorrer el Centro Histórico de la capital y que tenía como destino final el Mirador de los Arcos. Vi de cerca, aunque todavía desde el automóvil, el acueducto que un siglo antes proporcionó agua a todas la regiones aledañas a la ciudad. Cuando paramos y tuve la oportunidad de pisar por primera vez Querétaro, caminé por la avenida hasta el observador.

Desde ahí, la metrópoli que mezcla industria con colonialismo se muestra como un destino que puede maravillar a cualquiera. Conmigo, una persona que ha vivido toda su vida en la caótica urbe, lo logró. Mis ganas de transitar a pie las calles adoquinadas que anteriormente había observado desde lejos, emergían junto con los monumentos y fuentes que me rodeaban. Lo siguiente para que mis pasos se despegaran de la monotonía citadina, fue tocar con los metatarsos esos empedrados imperfectos que emanan tranquilidad. Caminé de la Plaza de Armas hasta el pasaje peatonal que desemboca en el Teatro de la República. Antes de llegar, visité un local de nieves que se ha hecho famoso por su especial de vino tinto y limón. Al final, ¿quién era yo para negarle el trago insignia a la Nevería Galy?

Queretaro

 

La noche, que aparecía lenta, contrastaba con los bares y cafés que ven la luz justo cuando la luna es la única que alumbra. Cada diez metros se abría una puerta y una posibilidad. Convino iniciar la velada con uno de los recorridos de leyendas queretanas, la Plaza de Armas volvió a recibirme unas horas más tarde para iniciar con dicha marcha. Partí junto con el grupo a ver y escuchar la dramatización de las historias que susurran a través de los muros de los edificios. Ésa es, definitivamente, una manera amena y multisensorial de conectarse con el pasado de la ciudad. Después de enterarme de los enredos amorosos de los acaudalados y menos afortunados revolucionarios, regresé al hotel con los pies cansados y el alma ansiosa.  

El tercer monolito más grande del mundo

Sobresale entre todos la Peña de Bernal, el bloque de piedra (monolito) que ocupa el tercer lugar entre los más grandes del mundo. El pequeño Pueblo Mágico fue el escenario de varias películas de la época de oro del cine mexicano y que debe su nombre a la peña que nos vigila. Se convirtió en mi spot para este segundo día de viaje. En el sitio sobran lugares para visitar. Inicié con el Museo del Dulce, que si bien es un espacio reducido,  me remontó a lo más profundo de mis papilas gustativas. Un breve recorrido histórico a través de la evolución de las golosinas mexicanas me dio la bienvenida e hizo que sólo unos minutos más tarde, cargara una bolsa repleta de gomitas, cajeta y glorias. La siguiente parada fue una tienda de productos hechos de lana, basta con caminar hacia el fondo del establecimiento para descubrir el taller en el que las hebras se convierten en cobijas, bufandas y suéteres.

QRO-Peña de Bernal Vista Panoramica

Bernal es famoso, entre otras cosas, por sus artesanías; sin embargo, la comida en el pueblo también forma parte de su encanto. Desde las gorditas hasta el nopal en penca, el abanico gastronómico del destino es un deleite al paladar. Para conjuntar en sinestesia lo pintoresco con la comida tradicional, paramos en “El Mirador”. Sobra decir que el restaurante le hace honor a su nombre. Frente a las mesas, un vitral que se extiende desde el piso hasta el techo permite ver gran parte del pueblo y el monolito, al tiempo que la boca se deja llevar por los platillos. A la puesta del sol y después de la comida, como digestivo recomiendo caminar por las calles. Tal vez hacerse de algunas prendas o llevarse a casa un poco de lo que las manos de los artesanos se esfuerzan en hacer.  

 

Queso, vino y despedida

El final de mi viaje, después de dos días de sumergirme en tierras queretanas,  prometía ser el broche de oro. Sabía de antemano que la famosa ruta del queso y el vino me esperaban, por lo que mis expectativas estaban al borde. Hectáreas y hectáreas de verdes parcelas se perdían en la enormidad coronadas con un cielo que no se ve en la ciudad. Llegué a la fábrica de quesos y leche Flor de Alfalfa; en la entrada me recibió un pequeño camión que me llevó a recorrer las instalaciones. Cientos de vacas pastaban libres, posteriormente el guía me dijo que al ser ordeñadas, los animales escuchan y aguzan sus oídos al compás de música clásica.

Vinedos la Redonda

 

 

Después de maravillarme con los bovinos, pasé al salón de degustación. Bajo un techo construido con paja y una mesa larga descansaban diferentes tipos de quesos y un yogurt. No sé si fue el conjunto de la naturaleza y la escapada citadina o que mi apetito había despertado desde la llegada, pero me pareció escuchar las mismas notas que las vacas oyen mientras ofrecen su néctar. Apenas era mediodía cuando partí a La Redonda, uno de los viñedos más viejos del país. Más tonos verdes de los que había visto apenas unos minutos antes me recibieron con los brazos abiertos. Caminé entre algunas veredas y toqué la tierra de la que emergen las vides,  mientras oía la historia de la vinícola. Después del baño de sol ingresé al lugar en el que las uvas se convierten en líquido. De primera mano sólo me fue posible observar la prensa y los alambiques, pero la curiosidad e insistencia del grupo que me acompañaba me acercaron a la bodega en la que las barricas reposan. En el gran salón, de manera peculiarmente agradable, se combinan el olor a roble y la humedad. Me senté en las segundas mesas de cata del día. Una ensalada sencilla despertó las papilas que inmediatamente recibieron un vino blanco, a éste le siguieron uno rosado y un clásico tinto. En la sobremesa, además de historias, surgieron anécdotas de viaje y aún cuando el astro rey no tocaba el este, un dejo de nostalgia me devolvía lentamente a la realidad y me recordaba que apenas a tres horas de la ciudad existe la posibilidad de desconectarse y de dejarse llevar. Durante el camino de regreso, aunque con un excelente sabor de boca, pensé en todos los lugares que vi, en la gente que conocí y en los colores que únicamente un lugar como Querétaro ofrece. Sin dudarlo volveré. Mis zapatos pisarán de nuevo los adoquines, empedrados, pasto y tierra. Tal vez en esa ocasión recupere el cachito de alma que se quedó o dejaré otro pedazo que me haga regresar las veces que el cuerpo me lo pida.  

Hotel Holiday Inn Express & Suites Querétaro Av. 5 de Febrero 110, Niños Héroes, 76010 Santiago de Querétaro, Querétaro Tel.: 01 (442) 101 7250   Restaurante “El Mirador” Hotel Parador Vernal Lázaro Cárdenas No. 1 Barrio La Capilla Bernal Querétaro, México Tel. 01 (441) 296 4058

 Por: Andrea Mendoza Galindo