Zapotitlán Salinas y la Magia del Desierto

Por: Pepe Treviño.

A bordo de una camioneta 4x4 avanzo, solitario, por la carretera federal que comunica a la capital poblana con Oaxaca. Me fundo con mis pensamientos al admirar el panorama desértico que, poco a poco, se asoma en cada curva. Kilómetros adelante de una gasolinera perdida, veo la señal que marca la desviación a Zapotitlán Salinas, donde el paisaje de la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán es dominado por milenarios saguaros que parecen flanquear el camino. Sin titubear, piso el acelerador para llegar pronto a mi destino. Ya es de noche. Las siluetas de las montañas y las gigantescas cactáceas destacan entre las sombras; me hacen titubear para encontrar el próximo señalamiento al Jardín Botánico Comunitario Helia Bravo Hollis, donde me espera una reconfortante cabaña.   DSC_5600 Antes de llegar, cuando aún tenía señal en mi teléfono celular, pude llamar a los anfitriones para avisar que había tenido un retraso, pero del otro lado de la línea ellos solamente respondieron: “No se preocupe, al llegar sólo quite la cadena del portón y avance hasta las cabañas, allí lo estará esperando Benjamín”. Así lo hice: avancé entre la oscuridad por serpenteantes caminos de terracería. Imaginaba que eran las veredas que habían caminado los indígenas mixtecos y popolocas en la época prehispánica, durante los años 1550-1560 para cumplir con los trabajos de la explotación de las salinas naturales en el Valle de Zapotitlán. También, recordaba escenas de la película que recreó la novela On the Road, del maestro beatnik, Jack Kerouac, que utilizó algunos lugares de la reserva para rodar la producción. Pero, al final del camino, una cabaña con luz eléctrica me señaló que era el momento de estirar las piernas. IMG_0836     Don Benjamín se presentó con una tímida linterna. Pronto me explicó cómo funciona el sistema de hospedaje de apenas cuatro cabañas. Trabajan con energía solar, pero tienen lo necesario para pernoctar con todos los servicios: baños propios, cobijas, toallas. Una fogata ya estaba lista afuera de mi choza. Me habían advertido que por las noches, dentro del Jardín Botánico Comunitario Helia Bravo Hollis no había ningún servicio de comida, pero fui precavido al llevar una pequeña hielera equipada con carnes frías, pan del pueblo de Zapotitlán, cigarros y la botella de bourbon que nunca falta en mi maleta. El viento sopla con fuerza en este valle. El humo de la fogata pronto se impregna en la ropa y en el trago de whisky que se me resbala entre los dedos. Un cigarro más y el fuego se consumirá. El momento perfecto para ver el cielo explotar en mil estrellas. Tampoco hace falta música. El sonido del viento, cortado por las millones de espinas de estos saguaros milenarios, fue suficiente para perderme entre notas disonantes. La noche cae y mis párpados también.   IMG_0833   MAÑANA PARA RENACIDOS Es temprano y la niebla ha bajado de las montañas. Hay muchas actividades que se pueden contratar con los guías del parque: desde un tour por senderos para ver 53 especies de cactáceas como la pata de elefante (Beaucarnea gracilis), hasta visitar Salinas que los antiguos pobladores explotaban, o conocer la zona arqueológica de Cutha. Pero esta vez no estoy en la búsqueda de la nota periodística. La Ciudad de México me había puesto de cabeza; una semana infernal con problemas de todo tipo me hizo tomar las llaves de mi camioneta para viajar a este lugar. Y aunque no esperaba nada a cambio, quedé sorprendido con su tranquilidad, hasta que el antojo por tomar una taza de café rompió con mi momento de contemplación. Encendí el motor de mi camioneta para llegar al pueblo Zapotitlán Salinas, a escasos 2 kilómetros y tomar asiento en el restaurante Itandehui, un local gastronómico ubicado a un lado de la carretera, famoso por ofrecer cocina regional con ingredientes milenarios: flores del desierto, insectos, mezcal, sal prehispánica y algunas hierbas de la zona. Me recibe una guapa mesera, su rostro indígena de piel morena luce duro como el suelo del desierto, pero también devela una bella sonrisa. Ella me deja la carta pero antes de pedir cualquier platillo, la guapa anfitriona me sirve una taza de café humeante y pan de pueblo. Mientras le doy el primer sorbo, descubro en el menú platos que nunca antes había visto: cocopaches (chinche de campo), cuchamas (orugas) al ajillo, gusanos de maguey, guisos con cacayas y palmitos (flores de desierto) y agua fresca de garambullo, todo producto del ingenio de Antonio Díaz, un chef oriundo de esta zona, pero que hace algunos años decidió laborar en los fogones de los restaurantes de Nueva York. Y aunque Antonio no se podía quejar de su trabajo en los Estados Unidos, él siempre tuvo la añoranza de regresar a su tierra para rendirle honores a las recetas de antaño, tal y como lo hace ahora en su restaurante. Decido pedir un bistec relleno de palmitos y jamón sobre una salsa de insectos, también unas tetechas en escabeche. Aunque no es un lugar para hacer sobremesa, el mezcal de la zona, elaborado con agave pichomel, me hace pensar dos veces en salir de aquí. Uno, dos, tres, cuatro caballitos de mezcal con sal prehispánica me ayudan a echar a volar la imaginación antes de regresar a mi cabaña. Con el sol en la cara, conecto mi teléfono para escuchar música. El pasajero oscuro ha llegado a ser mi copiloto en esta travesía. Quizá por eso elijo la pieza “Hurt”, escrita por Trent Reznor, de Nine Inch Nails, sólo que opto por la que es interpretada por Johnny Cash y su voz aguardentosa, que le confiere un halo más triste a esta melancólica pieza.   IMG_0670 Mientras avanzo por la carretera rodeada de saguaros y gente amable, confirmo que no soy una mala persona. No soy el sujeto del que habla mr. Cash en la canción, aunque he lastimado a la gente que amo al ocultar parte de mi pasado, de mis problemas; puedo caminar con la frente en alto, puedo admirar este hermoso cielo azul sin remordimiento alguno, pues al fin de la historia, lo que viva el día de hoy es lo que ayudará a forjar el futuro. Muchas gracias Trent Reznor, gracias Johnny Cash, he comprobado aquí, en la majestuosa meseta poblana de Zapotitlán Salinas, que mi espíritu es el de un guerrero, similar al de la leyenda del emperador japonés que llegó aquí para esparcir las cenizas de su maestro y mentor, entre los saguaros y patas de elefante. Quizá yo enterré mi pasado, como lo dice la canción de canto cardenche, “Yo ya me voy a morir a los desiertos”: