Blue mountains y Toronto, rushtime vs relax

Autor: 
Jimena Sánchez-Gámez

En la región de los Grandes Lagos, muy cerca de la Bahía Georgiana, se halla Blue Mountain, el resort de esquí atesorado por los canadienses. Su historia comenzó en 1941, cuando el visionario Jozo Weider imaginó la posibilidad de atraer esquiadores al corazón de la Escarpa del Niágara, esa Reserva Mundial de la Biósfera que cruza la provincia de Ontario. Al paso de las décadas fueron apareciendo telesillas, pistas acondicionadas para esquiar de noche, competencias, hoteles, una villa entera, un campo de golf y hasta una montaña rusa. A su alrededor hay bosques e interminables senderos que caminantes y ciclistas exploran; se extienden también campos de vides, manzanos. Unas y otros aguardan pacientes el momento de ser transformados en vino, en sidra, en el alivio de espíritus ya sea locales o en tránsito.  

Lo que me enseñó la nieve

Mira hacia fuera, me dijo David mientras halaba la cortina. Ese sencillo movimiento traía consigo algo para mí inusitado. Traía la nieve. No la había visto nunca y ahora ocurría tan cerca, conmigo arrebujada en un edredón de plumas, todavía en la cama. La nieve esa mañana era dos cosas: desordenados copos que en lugar de flotar llovían de manera horizontal, y un montoncito blanco apilándose sobre los árboles sin hojas al otro lado de la ventana. Más allá, no sé. Es probable que en los demás rincones del Westin Trillium House Hotel se comportara distinto. La imaginé, eso sí, encaramada en los techos: arriba de nuestro hotel o revistiendo los tejados a dos aguas de los edificios de madera en derredor. Era marzo y estábamos en un cuento de Hans Christian Andersen, a dos horas al norte de Toronto; metidos en Blue Mountains, una breve villa construida entre laderas siempre salpicadas de esquiadores. A eso habíamos venido, a aprender a esquiar.

Afuera: 13 grados bajo cero. Prepararse para ellos iba a tomarme tiempo, un tiempo nuevo, invertido en abrigarme, como me habían sugerido, con tres o cuatro capas de prendas. Vestirse para temperaturas caídas es una ceremonia que poco acostumbramos quienes vivimos en la parte central de México, el último país de América del Norte. Allá abajo los termómetros —cuando no se está en alguna cumbre— dicen otras cosas, saben de abrigos, a veces de guantes y bufandas, pero no hablan nunca de ropa térmica, botas de nieve o chamarras de invierno. Me lo puse todo, atravesé el lobby, la calefacción, el desayuno de huevos, tocino y papas —los canadienses comen papas a todas horas—, y salí, amplia y firme, con un gorro de lana, a enfrentarme a lo helado. Me encontré con un frío quieto, un frío capaz de desmoronarse. Podía pisarlo, tocarlo, incluso verlo gotear en las esquinas.

Se le quemaban las manos con cada fotografía, pero David parecía divertido. Andábamos lento hacia el centro de esquí. Me guardaba el pueblo en los ojos. Rodeamos un estanque, sus juncos, también la alberca desdibujada por el vapor y a los niños en traje de baño saltando, creí que disparatados, hacia ese inconcebible nimbo. Atravesamos las tiendas donde después hicimos compras con descuentos porque el invierno ya se iba; y pasamos de largo aquellos restaurantes a los que habríamos de volver más tarde: a Tholos para probar su mousaka y sus chuletas de cordero, a Copper Blues para pedir un sándwich de costilla con cebolla caramelizada. Llegamos por fin a las blancas pendientes —eran muchas—, a las telesillas remontando esquiadores que luego de desaparecer en las alturas resurgían cuesta abajo, confiados, dibujando serpientes a su paso.

La primera lección para esquiar la tuve conmigo misma. Se habían sumado elementos a mi atuendo: pantalones impermeables, botas rígidas, esquís, bastones, gafas y un casco, y debía atinar a desplazarme sobre la nieve con ese universo añadido encima. Caminar era una tarea amenazada por la catástrofe. Me enseñaron a moverme, a frenar en declive. Me alentaron a descender varias veces por una pista de modestas dimensiones. Algunas ocasiones lo hacía despacito, otras con la prisa que sin remedio me llevaba al suelo. Pero aprendí a escuchar el silencio de la montaña, es un silencio que envuelve. Ya no hacía frío. Y así, sin ruidos, sin distracciones, mi cuerpo se dejó conducir (desordenadamente) hacia abajo. Deslizarse, descubrí, es un acto de introspección, una forma de llegar a la propia existencia aunque sea de manera atropellada. Sentí que era mi primer invierno en el mundo.   

Los canadienses llevan una montaña dentro. Tienen ese aire de paisaje apacible en la mirada. Quizá tengan más cosas resueltas, tal vez se ocupan en vivir porque, a diferencia de otras naciones, hace tiempo dejaron atrás la sobrevivencia. Lo cierto es que su nevado modo de estar reconforta. Eso pensaba mientras desfilaban por mis labios las copas de una cata a la que nos habían invitado después de esquiar, en los cercanos viñedos de Georgian Hills. Uvas y manzanas adornan los prados de la provincia de Ontario. Su destino, luego de las cosechas, es convertirse en vinos y sidras y tartas de manzana que el paladar ansía. Existen tours para degustarlo todo. También aquí se fábrica ice wine, ese dulce y aromático vino hecho con vides congeladas.

Luego de las burbujas, de los sabores secos y la exaltación de los sentidos, atravesamos los bosques de Blue Mountains para ser conducidos al sosiego del Scandinave Spa. Se trata de un sitio de tradición finlandesa que promete a sus huéspedes sucederán tres cosas si se ponen un traje de baño —aunque la temperatura afuera no esté para paseos en poca ropa—: van a desintoxicarse, revitalizarse, distenderse. Hay que tener valor. Porque se debe pasar del sauna, los baños de vapor o la alberca de agua caliente, a las pozas de agua helada al aire libre. Después espera la relajación en las terrazas dispuestas para ello. El ciclo es mejor repetirlo varias veces; en la redundancia, dicen, se esconden los resultados deseados. Yo no salí del agua caliente. Pero mi calma la encontré en la nieve, y en la cerveza lager de Creemore Springs que me esperaba al final en el bar del hotel.

Un día en Toronto

De Blue Mountains regresamos a Toronto sólo un par de noches, antes de tomar nuestro vuelo de regreso a la Ciudad de México. Pero quiero volver a Toronto en verano, cuando pueda deambular sus calles sin titiritar. Mis ceremonias, durante el efímero tiempo que ahí estuve, fueron de interior —a excepción del inclemente paseo que hicimos para ver los grafitis que proliferan en un callejón paralelo a Queen Street, entre Spadina Avenue y Portland Street—. Habíamos regresado de Blue Mountains, y aunque ganamos unos cuantos grados bajo cero en comparación, sentía más frío en la ciudad a la orilla del Lago Ontario. No importa, es hermosa. Imaginé que la culpa era del viento. Helados nos trasladábamos de un lugar a otro en busca de calor. Nos movimos del bienestar de un plato de poutine —el clásico platillo de Quebec compuesto de papas fritas, queso fresco y gravy— a lo alto de la CN Tower. Arriba la metrópoli es un espectáculo de diminutos edificios que se mueven, morosos, en busca del lago.

A unos pasos de la torre se halla, en un taller de 1929 donde solían repararse locomotoras de vapor, la cervecería Steam Whistle. De ahí el nombre. Solo producen, y con acierto, un estilo de cerveza. Hacen pilsner. A ella nos dirigimos. Luego esquivamos otra vez el frío para conocer el museo que Frank Gehry intervino: la Art Gallery of Ontario. El tiempo ahí dentro va y viene y nosotros con él. Pasamos de las piezas de arte medieval a las esculturas de Henry Moore; de los paisajes de artistas canadienses a las botellitas chinas que servían, en otros siglos, para guardar tabaco en polvo; nos fuimos no sin antes detenerme en los impresionistas, un cuadro de Andy Warhol y la Masacre de los Inocentes de Peter Paul Rubens.

La noche iba a sorprendernos cenando en Lavelle, un restaurante de inspiración francesa. En la mesa: los ravioles de solomillo y alcachofas de David, a un lado mi chuleta añejada con hongos salvajes, una ensalada de betabel al centro. Nos rodeaban las luces de Toronto. Nuestra escena final estaba acompañada de vino tinto canadiense. Tuvimos tiempo de visitar antes The Distillery Historic District, el conservado distrito de edificios industriales donde solía elaborarse whisky. Hoy está poblado de tiendas, galerías, bares y restaurantes como El Catrín —nos asomamos a ver el mural de nuestro amigo mexicano, Óscar Flores, que protagoniza ahí la decoración—. Pasamos la tarde en otra cervecería, Bellwoods Brewery, con una IPA de notas a pino en la mano y la sensación de estar en una ciudad nítida, leídas apenas sus primeras líneas.

Informes

Ontario Tourism Marketing Partnership Corporation (OTMPC)

T. 001 416 314 7330.

rey.stephen@ontario.ca

 

Hoteles

BLUE MOUNTAINS

Westin Trillium House Hotel

westinbluemountain.com

 

TORONTO

Thompson Toronto Hotel

thompsonhotels.com

 

Restaurantes

BLUE MOUNTAINS

Tholos

tholos.ca

 

Copper Blues Bar & Grill

copperblues.com

 

TORONTO

Lavelle

chezlavelle.com

 

Leña

lenarestaurante.com